viernes, 28 de octubre de 2011

Leonora Carrington: La Salvación a través del Arte








Rebelde desde que abrió los ojos al mundo, la artista y escritora inglesa radicada en México, no sólo dejó un legado que se traduce en esculturas, libros y cuadros -muchos de ellos colgados en importantes museos-, sino que también hereda un testimonio de la lucha emprendida contra sus terremotos mentales, los cuales no lograron opacar su espíritu creador que, a fin de cuentas, fue el arma con la cual exorcizó sus demonios.

por Beatriz Berger



Ya a los nueve años Leonora Carrington (1917) era expulsada del «Holy Sepulcre», donde estudiaba. En el colegio explicaron a sus padres que no parecía dispuesta a participar ni en los juegos ni en el trabajo y que, por favor, la sacasen de allí. “Había decidido que tenía vocación de santa. Probablemente exageré la nota”, recordaba con su humor característico esta creadora en la revista «El Paseante», en 1993. Luego, al cabo de un año, sería también despedida del convento de St.Mary, en Ascot, el cual había despertado todo su odio. Pero tampoco se adaptaría la joven Leonora –cuando tenía trece o catorce años- en el estricto finishing school primero en París y luego en Florencia, donde la había matriculado su madre con la esperanza que mejorara su conducta.


No había cómo domesticar el espíritu inquieto de esta pequeña que, además, llamaba la atención porque podía escribir indiferentemente con las dos manos y en espejo: “Sí, soy ambidiestra, como los locos; a mí me trataron como disfuncional”, reconoció en una entrevista publicada en «Letras Libres».

Sin embargo, pese a que tuvo una niñez conflictiva, paso a paso fue desarrollando el interés artístico, dibujando especialmente caballos por los que sentía gran pasión e identificándose con ellos. Famoso es su autorretrato donde aparece junto a un caballo de juguete y vestida de equitadora.


Alrededor de los diecisiete años, la hermosa joven fue presentada en la corte de Jorge V en el Ritz, como era costumbre en las familias acomodadas inglesas. “Yo estaba, al parecer, en el mercado del matrimonio. Sufrí la temporada londinense”. Contaba esta mujer que criticaba por “absurdos” los eventos sociales de la época y que en su cuento, Mis pantalones de franela, califica como “manifestaciones artísticas (…) organizadas con el objeto de que unos hagan perder el tiempo a otros”. No obstante, estos mismos eventos fueron inspiradores de muchas de sus pinturas y relatos. La Debutante, por ejemplo, es una historia terrorífica -inspirada en su primer baile de estreno en sociedad- donde una hiena joven asiste a un baile de estreno, utilizando la cara que le arrancó a una criada y expeliendo un olor nauseabundo.


Finalmente, Leonora Carrington decidió hacer lo que le gustaba: dedicarse al arte. “No quiero ser una debutante –pensó-, quiero pintar”. Noticia que fue muy mal recibida por su familia, que consideraba que dicha actividad era para homosexuales y criminales. Pese a los consejos paternos venció su obstinación, matriculándose en la “Chelsea School of Arts”, donde disfrutó a fondo la experiencia pictórica. Luego, el hombre que su padre había contratado para que la espiara en Londres –y que la visitaba una vez por semana- le sugirió estudiar con Amedée Ozenfant, quien, según criticaba la joven, la tuvo seis meses pintando la misma manzana. Sin embargo, fue en ese entonces, cuando tenía veinte años, que una compañera la invitó a una cena con el pintor, escultor, artista gráfico y poeta alemán, Max Ernst, a estas alturas de 47 años, quien -influido por Freud- dejaba salir libremente las imágenes del inconsciente en su obra. Su cuadro «Dos niños amenazados por un ruiseñor», había causado la mayor admiración de Leonora, descubriendo que, tal vez, por esos caminos surrealistas estaría su propio destino.


Pero los caminos de ambos creadores se cruzarían no sólo en el ámbito artístico, sino también afectivo, protagonizando una turbulenta historia de amor. Así, en 1937 Leonora se escapaba a París para juntarse con él y el grupo surrealista que se reunía en St. Germain de Prés, cuyo lema era la frase de André Bretón: “La vida y la muerte, lo real y lo imaginario, el pasado y el futuro, lo comunicable y lo incomunicable, lo alto y lo bajo, dejan de ser vistos como contradicciones”. En todo caso, la artista declaró al diario «El País», el 18 de abril de 1993: “Pensé que tenía mucha afinidad con esa gente. Era un grupo compuesto esencialmente por hombres que trataban a las mujeres como musas. Eso era bastante humillante. Por eso no quiero que nadie me llame musa (…) Yo caí en el surrealismo porque sí. Nunca pregunté si tenía derecho a entrar o no”. En 1938 escribe unos cuentos que titula La casa del miedo y participa junto con Max Ernst en la Exposición Internacional de Surrealismo en París y Amsterdam.


Después de vivir un tiempo en París y luego en Saint Martin D’ardèche, en el sur de Francia, la pareja vio interrumpida su relación amorosa por la invasión nazi en 1939, cuando Ernst fue tomado prisionero y encerrado en un campo de concentración francés.


Terremoto mental


Empecinada en cooperar en la liberación de Max Ernst, Leonora se negó a regresar a Inglaterra como le sugería su familia. Sus padres la mandaron a buscar, pero cuando la localizaron en España, que acababa de salir de la guerra, la embajada británica “se había encargado de internarme en un manicomio”, contaría después.


Su experiencia en el sanatorio del doctor Morales en Santander, a donde ingresó el 23 de agosto de 1940, la dejó estampada en Memorias de Abajo, obra publicada originalmente en 1943, años después de sufrir esta traumática reclusión, y que hoy podemos leer en el libro editado por Siruela en mayo de 2001. Allí confiesa que debe revivir dicha situación porque “creo que me ayudará (…) a conservarme lúcida y me permitirá ponerme y quitarme a voluntad la máscara que va a ser mi escudo contra la hostilidad del conformismo”. Y continúa: “La sentencia que la sociedad pronunció sobre mí en esa época particular fue probablemente, e incluso con seguridad, una bendición del cielo; porque yo no tenía idea de la importancia de la salud, o sea de la absoluta necesidad de contar con un cuerpo sano, para evitar el desastre en la liberación de la mente”.


En una de las partes más dramáticas del libro la autora recuerda: “Tan pronto como llegué, apareció don Luis por mi habitación. Le dije a gritos: “¡No admito su fuerza, el poder de ninguno de ustedes sobre mí. Quiero ser libre para obrar y pensar; odio y rechazo sus fuerzas hipnóticas!” Me cogió del brazo y me llevó a un pabellón que no se utilizaba.
-Aquí soy yo el amo.
-Yo no soy ninguna propiedad de su casa. También tengo mis pensamientos personales y mi valor particular. No le pertenezco a usted.
Y de repente me eché a llorar. Me cogió del brazo (…) y comprendí con horror que iba a administrarme una tercera dosis de Cardiazol”.

Posteriormente, el propio Luis Morales, psiquiatra que la atendió en su etapa crítica, escribió un artículo en el diario «El País» en 1993, titulado “La enfermedad de Leonora”, que en una de sus partes dice:
“Ante el progreso de la psiquiatría, me atreviera a pensar si era una enferma. Por la ansiedad con que defendía su surrealismo podría haber sido calificada de asocial y candidata a una clínica psiquiátrica de Santander. Médicos de prestigio, abogados, hombres de negocios y diplomáticos, por su anormal conducta, nos la confiaron para que Leonora recuperase un buen y bien vivir. (…) La enferma se curó con sólo tres sesiones de meduna (choque convulsivo químico con cardiazol). El electrochoque aún comenzaba”. Y el facultativo agregó: “El surrealismo, que ya pasó, negaba todo lo racional y lógico, era, para algunos psicoanalistas, mágico, primitivo y analógico. (…) El surrealismo deseaba, desde la negación de todo, que la humanidad reviviera una civilización y cultura noble y trascendente (…)”.


¡Liberación!

Esta dura experiencia marcaría toda la vida de Leonora Carrington, quien llegaría a calificarla, posteriormente, como un “terremoto mental” y una situación “muy parecida a haber estado muerta”.

Sin embargo, fue su primo médico, Guillermo Gil, quien le abrió una puerta: consiguió que la dejaran salir del sanatorio en Santander y la mandaran a Madrid con frau Asegurado, su cuidadora. De allí sería enviada a Portugal para luego radicarse en Sudáfrica. “Yo me dije –recuerda la artista en Memorias de Abajo- no voy a ir a Sudáfrica ni a ningún otro sanatorio”. Fue así como mientras permanecía en Estoril informó a sus cuidadores que tendría que viajar a Lisboa a comprar guantes.

Estando en un café, salió corriendo y tomó un taxi al que indicó enfática: “A la Embajada de México”. En ese entonces, tenía tanto miedo a los alemanes como a su propia familia, motivo por el cual decidió casarse con el escritor y periodista mexicano Renato Leduc. “Era capaz de cualquier cosa para que no me enviaran a Sudáfrica para no doblegarme a los designios de mi familia”, confidenció a Marina Warner.

Con Leduc, cuyo matrimonio no duró más de dos años, partiría a Nueva York y más adelante a México, en 1942, donde echa raíces y da rienda suelta a su exuberante espíritu creativo. Se contacta allí con Octavio Paz, Diego Rivera, Frida Kahlo y Remedios Varo, entre muchas otras personalidades de la época.

Hacia 1944 sus cuadros habían sido expuestos en importantes galerías de Nueva York, París, México y Alemania. En ese entonces, sus composiciones surrealistas comenzaban a llamar la atención de los críticos internacionales. En tanto, se enamora del fotógrafo húngaro “Chiki” Weisz con quien tuvo dos hijos. Mientras crece su familia publica Penélope, obra de teatro que fue estrenada por Alejandro Jodorowsky en 1957 y más adelante da a conocer algunos de sus escritos reunidos en El séptimo caballo y otros cuentos (Siglo Veintiuno Editores, Madrid, 1992).

El fuerte temperamento de Leonora Carrington, unido a una excesiva sensibilidad, la llevaron a protagonizar grandes aventuras y desventuras a lo largo de su inquieta vida, en la cual siempre buscó la libertad, tanto en lo personal como en el arte. No obstante, su inteligencia y sus evidentes dotes naturales la llevaron por los caminos de la creación, caminos que a fin de cuentas fueron el bálsamo, la terapia, para superar sus crisis a través de una pasión que la absorbió completamente.

-Siempre he tratado de ser lúcida –dijo a «XL Semanal», en enero de 2006-. Nunca acepté las normas ni las leyes dadas. Me horrorizan; siento un fuerte rechazo por la autoridad, que exista el código que establece lo que es normal y no. Pero las cosas son más complicadas de lo que parecen y las creencias dependen de cada país. Hay un subterráneo infinito. Para muchas civilizaciones, ese subterráneo es parte de la cultura. Sin embargo, nuestra civilización occidental, gobernada por lo llamado “racional”, es más rígida. La realidad es mucho más compleja de lo que imaginamos y por ello no se puede actuar sólo en un marco racional.

Entre el sueño y la vigilia

De allí, entonces, que insólitas situaciones y personajes pueblen los escritos, pinturas y obras escultóricas de esta “desposada del viento”, como la llamaba Max Ernst. No es raro presenciar a través de sus relatos las vacaciones de un esqueleto, feliz de haberse liberado de la carne, porque ya no siente ni frío ni calor y menos le pican los mosquitos. Y tampoco resulta extraño observar manos que vuelan o un ¡enorme bigote! descansando en un plato de porcelana.

Humor, horror y sorpresa abundan en su universo onírico poblado de personajes míticos e imaginarios que dejan al descubierto su real amor por los animales, el cual comenzó en su infancia en Lancashire con su pasión por los caballos. De allí que a los animales les adjudique características humanas. Es el caso del relato donde la joven Virginia Fur se enamora de Igname, un jabalí y llega a dar a luz siete jabatos. La historia de horror que le sigue, es preferible omitirla. Y es que Leonora Carrington no hace separación entre humanos y animales que, a su juicio, también poseen conciencia e inteligencia. Al respecto, señaló a «XL Semanal»:

-Tenemos un alma humana, pero también de animal. No creo que los seres humanos sean una raza muy divertida. Se está creando un mundo horrible, lleno de guerras absurdas, odios feroces e injusticias. Todo ello habla de la calidad de los animales humanos. Estoy convencida de que la raza humana no es superior a la de otros animales. Creo que el mundo animal es universal, pero su potencial no ha sido explorado.

¿De dónde surge este rico imaginario –pictórico y literario-que se asocia a los aspectos más excéntricos del surrealismo, con lo esotérico y lo oculto?

Desde la infancia Leonora Carrington tuvo visiones fantasmagóricas. Visiones probablemente estimuladas por las historias de seres maravillosos -inspirados en la mitología celta e irlandesa- escuchadas a su madre y a su nanny, junto a la lectura de Lewis Carroll y a la constante observación de los cuadros de El Bosco y Brueghel. A esto se suma el conocimiento del budismo tibetano, su interés por Jung y los textos esotéricos y de alquimia. También le influyó la lectura de La diosa blanca, de Robert Graves, sin desconocer los aportes que le entregó la cultura mexicana.

Pintar, un oficio artesanal

En todo caso, el principio de vida, como artista, era para esta creadora, no explicar nada acerca de su arte. Aseguraba que no sabía de dónde venían las imágenes y que muchas veces los personajes subían solos a los cuadros. Y aclara que ella no decidió ser pintora, como bien contó a «XL semanal»:
- La pintura lo decidió por mí. Me escogió y me inventó y yo simplemente lo he hecho lo mejor que he podido. Estudié mucho en Londres, en París, en Italia. Necesitaba la técnica, no ideas, porque cada uno tiene las suyas. Continúo estudiando. Me considero una eterna estudiante.
-Este arte –agregó- es como un centro donde todos los lugares invisibles de la mente se vuelven visibles. Sólo pinto cuando siento energía, pero continúo viviendo cada día por y para mi trabajo. Pintar es para mí un oficio artesanal, como el de los carpinteros que usan las manos y el cuerpo para crear una visión (…) y ese procedimiento está desapareciendo. Los surrealistas eran muy buenos en ese sentido. Picasso, que venía a visitarnos a Max y a mí, era ante todo un gran artesano. (…) Perder la habilidad artesanal es perder la sabiduría, porque al final sólo un buen artesano puede producir con el alma y el corazón.

Vale la pena destacar por otra parte, la retroalimentación que existe entre sus pictóricas escenas literarias y las narraciones contenidas en sus telas. El mundo de las imágenes y el de las palabras, se unen en una amigable convivencia a través de todo su quehacer. De esta manera, las luces y sombras, perspectivas, proporciones y el color, destacan en las descripciones de sus textos. Escribe en Vuela paloma: “El caballo era grande, de huesos fuertes y redondos; y era una extraña mezcla de sombras rosadas y púrpuras, del color de las ciruelas maduras; de ese color que llaman ruano. De todos los animales, el caballo es el único que tiene ese color rosado”.


Alquimista y transmutadora de la luz


Por su parte, Braulio Arenas en sus Actas Surrealistas (Editorial Nascimento, Santiago, 1974) comenta:
-Leonora Carrington es el rayo de luz que se corta en el diamante llamado poesía, y va a esparcir sus mágicos colores por la habitación antes negra del mundo, rayo de luz que baña real al barco fantasma, rayo de luz que entra por el ventanuco de la celda (y esto casi ha dejado de ser simbólico lenguaje, suponiendo al hombre prisionero de la razón), rayo de luz transfigurado en llave de libertad, o llave de libertad transformada en luz de amor.
Y más adelante dice Arenas:
-En acuerdo feliz tiempo y espacio se escurren de los dedos de Leonora Carrington para traspasarse al cuadro, donde los vemos apoderarse de las formas habituales de la realidad, despojándolas de sus innecesarias vestiduras: los personajes, los animales y los paisajes temáticos de Leonora Carrington, parecen mirarnos desde otro mundo, desde otro tiempo y otro espacio, que son los nuestros, pero tratados alquímicamente por esta gran transmutadora de la luz.


Uno de los grandes enigmas de esta mujer excéntrica, de temperamento indomable y que le tenía pavor a los aviones, era saber qué ocurriría después de la muerte. Así, en una entrevista al diario «El Mercurio» en 1997 dijo con el fino humor que la caracterizaba y su marcado acento inglés:
“Yo pienso que a todo el mundo le preocupa la muerte, porque no sabemos realmente ni qué es, ni cómo es. ¿Sabe? Como no recuerdo haber muerto antes, dejo abierta esta cuestión”. Una cuestión que, sin duda, aclaró el día 25 de mayo de 2011 cuando a los 94 años Leonora Carrington cruzaba la frontera de este mundo hacia el otro lado de la vida.

Elena Poniatowska: Ficción a Partir de la Realidad








A través de «Leonora», novela ganadora del Premio Biblioteca Breve 2011 de la editorial Seix Barral, la escritora y periodista mexicana logra introducirse en la intimidad del proceso creativo de una mujer excepcional que dejó su huella en las letras y las artes.


por Beatriz Berger



Nuevamente Elena Poniatowska (Paris, 1932) nos deleita con su trabajo periodístico que, unido a su buen ojo literario, convierte en ficción. Una simbiosis que anteriormente le ha dado buenos frutos a la escritora mexicana, como son sus conocidas novelas, Tinísima, acerca de la fotógrafa Tina Modotti; Hasta no verte Jesús mío, donde cuenta la historia de una soldadera de la revolución mexicana, Jesusa Palancares, a quien entrevistó extensamente o Querido Diego te abraza Quiela, basada en la relación amorosa que sostuvo Diego Rivera con Angelina Beloff, pintora rusa exiliada en París. Así, periodismo y literatura se amalgaman a través de la pluma y la cabeza de Elena Poniatowska esta vez para perpetuar la imagen de Leonora Carrington.

Aunque la autora estuvo ligada por el periodismo y la amistad a la vida de Leonora Carrington (Lancashire, 1917- Ciudad de México 2011), no le resultaba tarea fácil abordarla como personaje literario, pues la vida de esta inglesa, que finalmente se radicó en México, está plagada de numerosas vicisitudes, contradicciones y un cierto hermetismo de su parte. Tal vez esa fue la razón por la que Elena Poniatowska decidió escribir una biografía novelada, pero conservando los nombres reales de los protagonistas. Además, debe haber resultado muy atractivo para ella dar a conocer por intermedio de esta obra no sólo el movimiento surrealista en Francia, México y Nueva York –a los que se integró Leonora- , sino también relatar la historia de Francia y México que se desarrollaba en torno a la trama del libro.

El mayor valor del texto, sin duda, reside en la capacidad de Elena Poniatowska de abrir las puertas del mundo creativo de esta mujer rebelde, que tenía claro que su mente caminaba más rápido que su cuerpo y se debatía constantemente entre el equilibrio y la locura. Punto de vista que la escritora mexicana destaca en su novela, como el diálogo entre Leonora y Breton, que se reproduce a continuación:
“Creo, André (Breton) –dice Leonora-, que nadie aquí se parece a mi mundo. A veces me alegro pero otras me da miedo perder la cabeza.
-El miedo a la locura es la última barrera que debes vencer. Las mentes heridas son infinitamente mejores que las sanas. Una mente atormentada es creativa. (…)”.

Por cierto, el tema de la locura y la creación es una de las grandes reflexiones de la protagonista. Así, en el manicomio de Santander -donde estuvo internada después que Max Ernst, uno de sus grandes amores, fuera llevado a un campo de concentración en Francia-, la consideraban un “vivo incendio”. Incendio que intentaron aplacar con inyecciones de Cardiazol, medicamento que en ese entonces reemplazaba al temido electroshock y que Leonora recordaría con horror hasta sus últimos días.

Vale la pena destacar, por otro lado, la presencia de los personajes de la época que rodearon a la artista como fueron la pintora Remedios Varo, los escritores Octavio Paz, Juan Rulfo y Carlos Fuentes; el excéntrico millonario, coleccionista de obras de arte y mecenas Edward James y el fotógrafo húngaro Emérico Chiki Weisz, su marido y padre de sus dos hijos. También alternó con Peggy Guggenheim, Salvador Dalí, Marcel Duchamp y Joan Miró entre otros. Asimismo, resaltan vívidamente en la obra distintos escenarios como las excéntricas construcciones surrealistas de Edward James en la selva mexicana o la bucólica viña francesa donde permaneció durante un tiempo junto a Max Ernst.

Se trata de un libro bien documentado, provisto de una amplia bibliografía, cuyas más de quinientas páginas se recorren con avidez, pues nos hablan del desafío real y humano de una talentosa artista que debió vencer sus limitaciones, dolores y temperamento sensible para contar su verdad y, simplemente –también como terapia-, poder dar a luz su rico mundo interior.

lunes, 27 de junio de 2011

Haruki Murakami : uno de los japoneses más leídos

Después de Yasunari Kawabata, Premio Nobel de literatura, Haruki Murakami es uno de los novelistas más leído en el mundo. Ambos, junto a otros lucidos escritores, forman parte del boom de la literatura japonesa, producido durante los últimos años, especialmente en occidente.

Murakami nació en Kyoto en 1949 y vivió la mayor parte de su juventud en Kobe donde realizó sus estudios literarios. En esa misma época se casó con la que sería su única esposa, Yoko. Sus primeros trabajos los realizó en una tienda de disco y, antes de terminar su carrera, abrió un bar de jazz en Tokio. Ambas experiencias le servirían después en la creación de sus personajes. Empezó a escribir a los 30 años y alcanzó la fama con su libro “Norwegian Word”, en 1987. Luego de eso viaja a Europa y América y ocho años después regresa a su país. Entre sus maestros, como él ha comentado, figuran Raymond Carver, Scott Fitzgerald y John Irving, cuyas obras trasladó al idioma japonés mientras trabajaba de traductor en una editorial.

Lo que caracteriza la ficción de Murakami, es la capacidad de vagar entre lo real y lo onírico, entre la felicidad y el lado oscuro, entre la soledad y las ansias de amor. Y esto, coinciden sus críticos, es lo que conmueve y seduce, fundamentalmente al lector occidental.

Ha recibido varios premios como el Noma para Escritores Nóveles, el Tanizaki y el Yomiuri. De sus novelas se destacan “ Kafka sobre la playa”, “Tokio blues”, “Crónica de un pájaro que da la vuelta al mundo”.

Pero Murakami tiene sus particularidades. O rarezas, más bien. Por ejemplo, protege su privacidad a tal extremo que no va a fiestas, no recibe premios, no da conferencias ni firma libros; no quiere que nadie lo reconozca en la calle. Durante una jugada clave en un partido de béisbol, descubrió su vocación de escritor. Fanático de la música, mientras escribe siente que toca las teclas del piano en vez de las del computador. Quiere tanto a los gatos, que con frecuencia los introduce en sus novelas. No le gustan los otros escritores. Es aficionado al cine, al jazz y a los deportes, pero le tiene pánico a las alturas. Cuando termina un texto, se lo pasa a su mujer para que lo revise; en ella confía porque la considera implacable.

Al Sur de la Frontera , al Oeste del Sol:

Entre la belleza y el misterio.

La mitad del título de esta novela de Haruki Murakami corresponde a una canción de Nat King Cole, intérprete norteamericano al cual este escritor japonés admira. Un sentimiento que, sin duda, difícilmente podrían compartir la generación anterior del pueblo nipón. Las heridas de la derrota bélica y la nostalgia de su cultura y tradiciones seguirían a flor de pie, influenciando también a sus corrientes literarias.

Al Sur de la Frontera, al Oeste del Sol está enmarcada dentro de un ambiente occidental: el protagonista tiene un club de jazz, bebe daiquiri y les fascinan el cine y la música estadounidense y europeo. Sin embargo, a medida que el lector avanza en la trama, contada siempre con frases cortas, como las pinceladas de un pintor, va descubriendo esa bella delicadeza, ese misterio, esos sentimientos que se ocultan o se dejan apenas entrever, esa realidad que se entrelaza con los sueños, características de la literatura japonesa.

El libro, publicado en 1991 y editado por Tusquets Editores, es un relato en primera persona. Lo narra Hajime, el protagonista. Él ha nacido en la mitad del siglo XX y es hijo único, tiempos en que esta condición era casi mal mirada. De ahí que a los doce años tiene pocos amigos, hasta que Shimamoto, una niña de su misma edad, también hija única, entra al colegio. Cojea y no es bonita pero eso no es obstáculo para que el niño la admire, comparta con ella sus gustos y aficiones, sienta los síntomas aún inconfesables del primer amor. Pero un cambio de escuela termina con la amistad.

Pasan los años, Hajime egresa de la universidad, vive algunas experiencias sentimentales y sexuales, tiene una existencia voluntariamente solitaria. Ha encontrado el trabajo que más lo realiza: administrar su propio bar, moderno y hermosamente decorado, donde se toca jazz. Paralelamente se casa, tiene dos hijas y forma una familia feliz. Todo esto hasta que aparece Shimamoto y pone en peligro su estabilidad. Ella ha organizado el reencuentro. Ya no es la escolar poco agraciada que conoció en la escuela y su cojera (después se enterará) ha desaparecido gracias a una cirugía. Se ha transformado en una preciosa mujer. Una mujer elegante, que sentada en un taburete del bar, fuma sensualmente mientras bebe su daiquiri. El misterio que envuelva a Shimamoto se mantendrá durante toda la novela y ni la única relacion intensamente erótica que Hajime sostendrá con ella conseguirá develar quién es ella.

En esta obra hay muchos elementos autobiográficos; al igual que Murabaki, Hajime tiene tendencia a la soledad, estudió literatura, trabajó en una editorial y creó su propio bar de jazz. Además su protagonista tiene sus mismos gustos en cuanto a música y cine.

Lo notable de este libro, aparte de la belleza del relato, son los episodios inconclusos, los cabos sueltos que quedan sin explicación. ¿Molesta esto al lector? Tal vez a algunos. A otros, cambio, entre los que me cuento, disfrutan con estas incógnitas. Al fin y al cabo, la vida está llena de situaciones que jamás se resolvieron.

Murakami describe el reencuentro de Hajime con Shimamoto en estos términos:

“¿Podré volver a verte?”. “Quizás”, dijo ella y esbozó una sonrisa. Una sonrisa que parecía una pequeña columna de humo alzándose en silencio un día sin viento. Quizás. Abrió la puerta y se marchó. Cinco minutos después subí las escaleras y salí a la calle. Me preocupaba que ella no hubiera podido encontrar un taxi. Seguía lloviendo. Shimamoto ya no estaba. En la calle no se veía un alma. Sólo las luces de los faros de los coches extendiéndose borrosas sobre el pavimento mojado. Tal vez haya sido una ilusión, pensé.

Haruki Murakami : uno de los japoneses más leídos

jueves, 23 de junio de 2011

III Mary Graham: Chile desde la Mirada de una Gringa




Ni doscientos años han transcurrido desde que esta empedernida viajera, cronista, pintora, dibujante e historiadora pisara nuestro país a principios del siglo XIX y dejara su testimonio en su «Diario de mi residencia en Chile en 1822». Para bien y para mal, los cambios experimentados en todos los ámbitos son impresionantes. Y eso que aún somos una región en vías de desarrollo.

por Beatriz Berger

Hoy, en los inicios del siglo XXI, cuando las ciudades se esconden tras los edificios cada vez más altos, los avisos publicitarios gigantescos, las basuras no degradables y el esmog del medio ambiente, el libro de Mary Graham, Diario de mi residencia en Chile en el año 1822 -(Editorial Norma, 2005. Nueva traducción de María Ester Martínez y Javiera Palma)- nos remonta a otros tiempos –no tan antiguos, por lo demás-, donde reinaba el adobe, los caminos de tierra, el transporte a caballo y se imponía la presencia del paisaje.

Resulta interesante leer el diario que esta inglesa inició en el mes de abril de 1822. Interesante porque describe con mucho detalle las costumbres del país, alimentación, juegos, folclore, flora, paisaje, arquitectura e incluso hasta habla de las vestimentas y letras musicales de la época. Pero también emite opiniones de política nacional, acerca de la gente y de la geografía de este territorio que da sus primeros pasos como república independiente. Nada parece escapar a su mirada profunda e inteligente. Y es que, aparte de su natural curiosidad, la autora ya contaba con la experiencia de haber publicado en Inglaterra su Diario de mi residencia en la India (1812), Cartas de la India (1814) y Tres meses en las montañas de Roma (1820).

Describe a San Martín como “odioso” y “ególatra”

En los momentos en que la fragata Doris, de la Armada de Su Majestad Británica, navegaba por el Cabo de Hornos, su comandante Thomas Graham, moría en los brazos de su esposa Mary. Pese al dolor por la pérdida, la viuda decide radicarse en Valparaíso en el barrio del Almendral, donde fue acogida con gran hospitalidad por vecinos, miembros de la comunidad inglesa, tanto del ámbito civil como de la marina, e incluso autoridades con muchas de las cuales logra establecer gran amistad. Es el caso de Lord Cochrane, quien la visitaba con frecuencia y la recibía en su casa en Quintero. Logró, además, que dejara el país cuando él emigró de Chile.

Si bien tuvo contacto amistoso con el Director Supremo, O Higgins, las hermanas de Carrera, José Ignacio Zenteno y otras personalidades de ese entonces, sus expresiones acerca de San Martín, a quien describe como “odioso” y “ególatra”, son tajantes: “Se ha dicho que San Martín es aficionado a la bebida, no creo que esto sea verdad, pero consume opio y sus exabruptos pasionales son tan frecuentes y violentos que nadie se siente a salvo.”

Poseedora de una gran sensibilidad artística, dejó asimismo testimonio gráfico de distintos lugares del país. Así, la antigua edición chilena de este mismo libro, traducida por José Valenzuela (Editorial del Pacífico, 1956) está ilustrada con sus dibujos. Llegó incluso a hacer clases de arte, pero no puede evitar la dureza y prepotencia de superioridad cultural en sus comentarios: “Mi alumno –escribe- es gentil y perseverante, aunque algo indolente; está dotado de buen sentido y un fuerte sentimiento poético. Si estuviésemos en Europa donde él pudiese ver buenos cuadros y sobre todo buenos dibujos, no tengo duda de que sería un excelente pintor.” Más adelante agrega: “Estimo que no existe en todo Chile un solo pintor nacional o extranjero; me temo que existen asuntos más importantes de que preocuparse que las bellas artes.” Y es que la autora consideraba esta nación como una de las más atrasadas del continente “en parte por causas políticas, en parte por causas morales y físicas que le son peculiares.”

Critica a Chilenos e Ingleses

Pero no sólo critica a los chilenos, también lo hace con los propios ingleses, señalando que entre sus compatriotas hay excelentes personas aunque algunos se dan aires de caballeros distinguidos y otros “se dedican a estafar al prójimo.”

Todo lo que la rodea es motivo de interés para esta mujer culta y siempre dispuesta a incursionar en otros ámbitos. No trepida en viajar de Valparaíso a Santiago en carreta, anotando los pormenores de esta travesía. “El ondulado valle, llamado Cajón de Zapata, que se abrió a nuestra vista cuando llegamos a la cumbre (…) formaban un bellísimo paisaje. (…) podría haber sido Italia, pero necesitaba la torre y el templo como señal de que el hombre lo habitaba; aquí todo es demasiado nuevo y uno espera encontrarse con un salvaje en el próximo matorral o escuchar el rugir de un puma en la colina.”

Diferentes sucesos van desfilando ante los ojos bien abiertos de esta viajera a quien nada le era indiferente. Incluso asiste a una sesión de deliberaciones de la Asamblea Nacional, lee la Constitución Política de Chile y se encuentra enterada de todos los acontecimientos locales.

En su estada en el país no podían estar ausentes los temblores, los que relaciona con los mareos de mar. “Hace cerca de noventa años –cuenta- hubo un temblor en Valparaíso, durante el cual el mar arrasó con todo El Almendral, y en la misma fecha un tercio de Santiago, la capital, fue destruida”. Sin embargo, le tocó vivir en carne propia un terremoto la noche del 20 de noviembre de 1822 cuando se encontraba en Quintero, próxima a partir de Chile. De allí en adelante entrega información de los continuos movimientos que siguieron al sismo.

Es curioso observar la falta de emoción e incluso frialdad con que relata algunas vivencias del país. Quizás debido a su sangre inglesa o tal vez con el afán de conseguir una mayor objetividad en sus relatos, deja casi totalmente fuera de la historia su experiencia personal. No refleja ni por asomo los estados de ánimo que debe haber sufrido por la pérdida de su marido, la soledad que seguramente sintió al vivir en un país extranjero o los padecimientos que le provocaba la tuberculosis.

Esta traducción –de 2005- del Diario de mi Residencia en Chile en el Año 1822, es más completa que la anterior de José Valenzuela (Editorial del Pacífico, 1902) porque no omite ningún pasaje del original y agrega la procedencia de muchas citas de la escritora que alude constantemente a obras y autores de literatura. Asimismo, como es habitual en la serie «Cara y Cruz» se acompañan algunos ensayos que dan más luces sobre el texto de esta viuda inglesa que se definía como aficionada a ver todas las cosas.

Cabe celebrar el trabajo de María Ester Martínez y Javiera Palma que actualiza la obra de esta multifacética aventurera de principios del siglo XIX, que se atrevió a romper los esquemas establecidos para la mujer de su época.

En uno de los ensayos que acompaña al libro, María Ester Martínez reflexiona acerca del rol de quien traduce:
“Una traducción –escribe- es un fenómeno que conlleva dificultades que van más allá de lo lingüístico, y el traductor, al intentar entregar un texto en otro idioma lo más fiel posible al original, debe analizar y evaluar con prolijidad que lo que es decoroso en una cultura puede no serlo en otra. Es una operación que además de requerir competencia en otra lengua, exige un excelente conocimiento y respeto hacia las marcas y formas culturales, ideológicas e históricas del texto en cuestión y de la cultura a que se va a traducir.”

martes, 21 de junio de 2011

II Mary Graham: Polémica Vagabunda del Siglo XIX




Autodidacta, políglota y observadora inteligente, provista de un turbante sobre su cabeza para ocultar cicatrices de la infancia, esta mujer se atrevió a romper los cánones de su tiempo y lanzarse a la aventura de conocer a fondo nuevos mundos con sus armas más eficaces: la palabra y el pincel.



por Beatriz Berger


Varios son los nombres a través de los cuales se ha denominado a María Graham, apelativo con el cual se ha conocido en Chile. Nacida en Escocia en 1785, como hija del capitán de la Royal Navy George Dundas, recibió el nombre de Mary Dundas. Posteriormente, durante una travesía hacia Bombay conoció al oficial de marina Thomas Graham con quien se casaría cuando ella tenía 24 años. Así adquirió el apellido de su esposo. Pero más adelante, al enviudar, volvería a contraer matrimonio con el pintor Sir August Wall Callcott, razón por la cual pasaría a convertirse en Lady Mary Callcott.

Así se explican los diversos apodos que cruzan la vida de esta escritora e ilustradora británica, autora de numerosos libros de viaje y literatura infantil, dejando através de ellos testimonio de sus estadas en India, Italia, Chile y Brasil. Pero esta multifacética mujer destaca también como pintora, dibujante, grabadora, crítica de arte, historiadora y gran conocedora de la botánica y geografía. No obstante, a pesar de su amplia cultura no dudó en desempeñarse como institutriz de María Gloria de Braganza, la futura reina de Portugal, María II y de la emperatriz María Leopoldina de Austria.

Su Pluma no Descansó

Marcada por el sino de los viajes, la aventura y el interés por conocer e investigar otras culturas, la pluma de María Graham no descansó durante su vida. De este modo, en 1812 publica su Diario de residencia en la India, seguido de Cartas de la India (1814). Luego en 1820 aparece Tres meses en las montañas de Roma y el Ensayo sobre Poussin, títulos bien acogidos por lectores ingleses y críticos franceses. Hacia 1824 da a conocer en Londres Journal of a residence in Chile, during the year 1822 y Journal of voyage to Brazil and residence there during part of the years 1821, 1822, 1823. En 1828 publicó Una breve historia de España y más adelante, en 1835, Little Arthur s history of England, considerada su obra más importante dentro de la literatura infantil de su país y que ha tenido numerosas ediciones.

Pero no sólo se desarrolló en el ámbito de la escrituras personal, sus conocimientos de muchos idiomas, incluso el sánscrito, le permitieron también trabajar por algún tiempo como traductora y editora en Londres.

Mujer inquieta, audaz e independiente, pese a cargar sobre su cuerpo con una tuberculosis que la acompañaba desde su juventud y de enfrentar la insólita muerte de su esposo en alta mar, antes de arribar Valparaíso, decide radicarse en ese puerto aunque era un lugar desconocido para ella y en esa época no se acostumbraba que las mujeres tomaran este tipo de medidas. No obstante, esta viuda de 36 años llegó a ser respetada y frecuentemente visitada por las autoridades. Así, sus relatos, además de entregar pormenores acerca de los lugares que describe, cuentan sus experiencias con diversas personalidades de la época como Bernardo O Higgins, Lord Thomas Cochrane, José de San Martín, Juan VI de Portugal y el emperador Pedro I de Brasil.

Acalorado Debate por Descripción de Terremoto

Su descripción del terremoto de Chile en 1822, que anota en su diario, motivó un acalorado debate en la Sociedad Geológica londinense. Allí rivalizaron dos escuelas de pensamiento con respecto a estos fenómenos telúricos y su papel en la formación de las montañas. La escritora, asimismo, había entregado más detalles al respecto a uno de los geólogos fundadores de esa Sociedad, siendo considerado uno de los primeros testimonios de "una persona culta". De tal manera que fue publicado en las «Transacciones de la Sociedad Geológica de Londres» en 1823, lo cual encendió la polémica entre especialistas y uno de ellos terminó ridiculizando las observaciones de Maria Callcott. La reacción de su marido y su hermano no se hicieron esperar y retaron a duelo al provocador. Sin embargo, ella se pronunció de inmediato: “Yo soy capaz de dar mis propias batallas”, dijo. Y a continuación publicó una respuesta aplastante, la cual –tiempo después- sería apoyada nada menos que por Charles Darwin, quien había hecho las mismas observaciones de un terremoto en 1835 cuando navegaba a bordo del «Beagle».

Curiosamente María Graham tuvo una relación especial con Vicente Pérez Rosales. Cuando éste viajaba en una nave inglesa con destino a Europa para terminar su educación, el capitán lo abandonó en el puerto de Río de Janeiro y ella lo auxilió para que pudiera retornar a Chile.

Después de su regreso a Londres y de su matrimonio en 1827 con Sir August Wall Callcott, en un viaje a la península itálica sufrió un accidente vascular que la dejó prácticamente inválida. Sin embargo, pese a sus limitaciones continuó escribiendo hasta el final, y su último libro Una escritura a base de plantas, colección ilustrada de curiosidades y anécdotas sobre vegetales y árboles mencionados en la Biblia, fue publicado el mismo año de su muerte ocurrida el 28 de noviembre de 1842, cuando tenía 57 años.

lunes, 20 de junio de 2011

I Próxima a Salir: Nueva Biografía de María Graham

Atraída por la personalidad de esta gringa que vivió en Chile y publicó un diario sobre nuestro país en el siglo XIX, Regina Akel escribió una biografía en inglés que próximamente aparecerá en nuestro país traducida al castellano por Marlene Hyslop y María Elena Donoso.


por Beatriz Berger

La figura de María Graham irrumpió en el horizonte de la profesora de literatura inglesa, Regina Akel, cuando buscaba un tema para desarrollar en su doctorado en la Universidad de Warwick,  Inglaterra, que fuera de interés tanto para chilenos como británicos. Sin duda, la polémica escritora, pintora y autora de numerosos libros, cumplía ampliamente con este requisito, pues ni en su país de origen ni en el nuestro era conocida en toda su magnitud.

             “Hasta en el examen de grado –dice Regina Akel- las profesoras que me examinaron, todas ellas investigadoras y especialistas en literatura de viajes, se preguntaban ¿cómo esta mujer tan interesante pudo colarse bajo nuestro radar?”

Así, la investigación de esta docente y traductora se convertiría en María Graham: A Literary  Biography, (Nueva York, Cambria Press, 2009) donde no sólo narra la inquieta vida de esta aventurera, su trabajo y los principales temas de su tiempo, sino que intenta adentrarse en su interior para reconstruir paso a paso la formación de su identidad. Para lograrlo, revisó todo tipo de documentos: artículos publicados e inéditos, cartas, manuscritos de diarios, memorias y, desde luego, sus obras.

Próxima a aparecer en Chile, publicada por Editorial Universitaria, la traducción al castellano de este libro, que recibió el auspicio del Fondo Nacional de la Cultura y las Artes, Regina Akel comenta algunos aspectos de la azarosa existencia de María Graham:

-Los chilenos creemos que su vida comienza y termina aquí, pero ella tuvo una historia fascinante antes y después de llegar a nuestro país. Poseía una cultura universal, porque los viajes le dieron un conocimiento importante. Además, se preparó en idiomas –estudiaba sánscrito- sabía de religión hindú, reconocía todo tipo de plantas, dominaba el arte, la ciencia, historia, geografía,  y  muchos otros temas.

-Sin duda, se sentía superior intelectualmente y a veces llegaba a ser pesadita. En el libro que escribió sobre Brasil por ejemplo, habla que los ingleses que viven allí son de clase social inferior. Y después ella se pregunta: “¿Por qué será que la gente me mira feo?”

Llama la atención que en su Diario de mi residencia en Chile en el año 1822 la autora no expresara sentimientos ni comunicara aspectos emocionales, en cambio cuando escribe sobre su romance con el joven oficial Thomas Graham,  en su Diario de mi residencia en India es efusiva: “Senti temblar sus fríos labios al tocar mis labios”, escribe. Expresión que incluso motivó críticas del «Quaterly Review» de Londres que comentó: “Probablemente fue a la India, como muchas jóvenes de sociedad, a buscar un marido más que a buscar información.”

Según Regina Akel la madurez hizo que María Graham cambiara su actitud  emotiva y espontánea por una más seria y reflexiva en el libro que escribió sobre Chile:

-Cuando estaba en el barco en viaje hacia la India –agrega  la autora- ella era jovencita, aunque ya despertaba antagonismo. Después fue haciéndose más profesional y escribía para un público más amplio. Por otra parte, el texto acerca de Chile estaba destinado a inversionistas ingleses para interesarlos en nuestro país. Ahí no cabían los sentimientos.

            A fin de cuentas María Graham: A Literary Biography aborda a la autora inglesa desde su infancia feliz en el norte de Inglaterra, pasando por el tratamiento cruel que debió soportar  en casa de parientes, su escuela y los exóticos viajes en torno a los cuales giraron los escritos de esta intelectual revolucionaria que a pesar de los inconvenientes y tabúes de su época, logró –simplemente- ser ella misma.